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| Foto de la Ciudad de México tomada desde la Torre Latinoamericana |
Ya la segunda
entrega, mi amigo, no se atrevió la primera vez a hablarle, pero tuvo algún tiempo
para escribirle a la dulce Jazmín, así que les dejo un poema que me hizo leer,
no es el mejor poema que he leído, pero vamos estaba enamorado, así que discúlpelo.
Mi amigo con todo
el futuro por delante, con todo el pasado, no sé muy bien, pero ahí lo tienes
volviendo a mirar por la ventana y encontrándose de nuevo con aquella mujer,
ahora jugaba con ventaja porque conocía los plazos, el tiempo que le quedaba.
Aún así, dejo pasar el primer año deleitándose, asomándose por la ventana y
planificando bien, la declaración de amor, pensando en la pose precisa, en las
palabras adecuadas, y dejo pasar el tiempo y un día se presentó en el
restaurante a la hora de comer, se sentó en la primera mesa que vio libre, y
vio a Jazmín deambulando entre las mesas.
Ella se acercó, se
puso delante de él y le dijo, “¿Qué desea?”, - ¿Qué deseo? -, ese era el
momento esa era su oportunidad, así que, su garganta se tensó como una cuerda
de guitarra, y mirándola le dijo –Un consomé y un filete de arrachera termino
medio por favor-, Jazmín tomo nota y se fue, mi amigo se estuvo maldiciendo
toda la noche.
Al día siguiente,
ahí lo tienes sentado en la mesa y mirando a Jazmín clavando sus pupilas, en
las de ella diciendo –Un consomé y unos tacos dorados, por favor- y al día
siguiente armándose de valor, -Un consomé nada más, por favor-, y así día tras
día, por las mañanas asomándose a la ventana para verla pasar y por las tardes asomándose
a un consomé, el tiempo pasaba a veces mi amigo, creía que ella fijaba su vista
en él y entonces las palomas de parque volaban, los borrachos en las cantinas
brindaban a su salud, los feligreses en las iglesias se abrazaban y los
soldados en primera línea de fuego se daban largos besos en la boca, pero ella
ni siquiera se fijaba en de él.
Pasaba el tiempo,
pasaban los días, pasaban los meses y pasaban los años, años de consome, por fin llegó el momento, no podía retrasar mas la declaración, al día
siguiente Jazmín se iría, aquella noche casi no durmió mi amigo, así que al día
siguiente se presentó al restaurante.
Se acercó Jazmín
como todos los días, le dedico una sonrisa quizá más afectuosa que las otras
veces, no lo sé, el caso es que se hizo silencio, un instante que pareció
eterno, él pensó en decir, “Me gusta cuando callas porque estas como ausente”,
o quizá, “ Por qué me despierto de madrugada mientras todos duermen”, pensó,
“Me dueles mansamente, insoportablemente me dueles, toma mi cabeza córtame el
cuello nada queda de mi después de este amor”, pensó en decirle simplemente,
“quédate conmigo, por favor”, y por fin “Un consomé por favor”.
Era inevitable, mi
amigo comió el consomé como un condenado a muerte, en calma y en silencio y se
fue para casa ni siquiera paso por su despacho, sabía que la derrota era
inevitable. Y a mí no me sorprende mucho, porque alguien dijo una vez, que los
amores cobardes, no llegan a amores ni historias se quedan ahí, ni el recuerdo
los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.
Todo lo que mira se ilumina:
la punta de su sombra,
el filo de su ausencia es suficiente
para abrir en canal y provocar
hemorragias de luz incontenible.
Pero no es por amor, ella lo sabe:
goza apuntando el sueño,
canta al sentir angustia.
Se vestirá de obscuridad si hiciera falta
para hacerme llorar;
pero si le dijera que me excita,
se insinuara belleza en su negrura,
iría corriendo a revolcarse,
hasta volverse una mancha luminosa,
es la luz más intensa que encontrara.


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